jueves, 6 de octubre de 2022

CUADERNO DE VIAJE AL PAÍS NATAL

 

Cuaderno de viaje al país natal

Alfonso Armada

La umbría y la solana

Madrid, 2022

597 páginas



 

Los libros de viaje están sujetos a la maldición de acumular polvo, que indica que por ellos pasa el tiempo. Es inevitable, pues no dejan de ser testimonio de un momento y ese momento pertenece al pasado. Uno se pregunta si ésa puede transformase en la virtud de un libro de viajes, el hecho de construirlo, precisamente, sobre el viaje al pasado, que viene a ser tanto como decir el viaje a la infancia. Frente al momento presente, hasta la semana pasada ya pertenece a la infancia de lo que somos. Para añadir un sabor a clásico, remitiéndonos todavía con más énfasis a la literatura que un día agradecimos y hoy regresamos a agradecer, hay que escribir bien, con un ritmo de trote mantenido, con un lenguaje ajustado. En este empeño, y con una resolución más que digna, Alfonso Armada (Vigo, 1958) nos ofrece un libro en el que recorre Galicia, su tierra natal, con un espíritu crítico, porque no deja de ser un encuentro a la defensiva, como reconoce cuando confiesa que marchó a Madrid poniendo tierra de por medio de un país “en el que todo era susceptible de ser convertido en herramienta, en arma política: la lengua, la patria, el ser como una línea en la tierra y en el agua para diferenciarse y definirse”.

De la contradicción, del conflicto, nacerá esa forma de mirar en ocasiones con pequeña ironía, en ocasiones buscando una reconciliación que se hace posible en función del alma de su interlocutor. Su postura política, o su no toma de postura en lo que entendemos por política institucional, irá marcando cómo define este territorio, que es país por tener su idiosincrasia sin reivindicarla, que es nación por tener sus estructuras de autonomía, pero que no es Estado y que uno se pregunta qué necesidad existe de constituirse en Estado si ya es país por la facilidad con que se distingue del resto del mundo. En cualquier caso, Armada se muestra como un vehemente defensor de posturas no nacionalistas, ni en Galicia ni en ningún otro terreno, acotado por vaya usted a saber qué avatares históricos o personales.

«Este es un país hermoso, ¿quién lo duda? ¿Pero cuál es mi vínculo con él? De todos modos, lo que sí sé es que yo no amo a mi país. Quizás porque piense que en ese amor a un país se esconde una suerte de aberración política y moral». Entonces, uno se pregunta, ¿qué le motiva a emprender el viaje y a persistir en él con tanto detalle, con tanta rotundidad? Aquí y allá aflora alguna mención a la infancia, pocas, pero son las que al lector le ayudan a sentir momentos de descanso: «Sus palabras ponen misteriosamente en marcha recuerdos de juegos en patios olvidados, de cuando la infancia era en Vigo una película que la lluvia borraba y el sol restauraba, la lluvia encendía y el sol desvanecía». ¿Viajamos con él para encontrar esos segundos salvíficos? En realidad, encontrar esos instantes son los que justifican toda una vida.

Existe, eso sí, un empeño en mostrarnos que esa vida no ha sido malgastada, ha sido un continuo sembrar para recoger lo mejor en esos momentos. Ahí está la erudición, con muestras constantes de miles de lecturas. Y la capacidad de observación, una constante en quien fue uno de los corresponsales más perspicaces y sensitivos que ha dado nuestro país. Está la continua reflexión acerca de cómo está quedando nuestro planeta, inevitablemente comparando realidad e ilusiones de las personas, realidad e infancia. Ahí está la búsqueda constante de formas de arte, desde las poéticas a las que se pueden encontrar en sencillos museos marítimos. Y la aparición de los tópicos acerca de Galicia, que él transforma en huellas por las que orientarse en un sendero que no parece trazado a priori. Está toda la documentación replicada, que es una selección indicándonos qué nos puede mover a interés para visitar esta tierra.

Y todo esto buscando dar testimonio, sí, de su paso por la piel de Galicia, pero también estudiando la necesidad de construir una identidad de un país que, ya lo hemos comentado, se ha ido construyendo sola, sin batallar, a pesar de que Armada no considere que éste sea su país: “No sé cuál es mi país. Prefiero Portugal.”

Y luego está todo eso de los libros de viajes y los viajeros tratando de explicarse a sí mismos, tratando de encontrar su identidad y demás lugares comunes, que Armada solventa al principio de la obra con un sencillo comentario: “¿por qué renegar del Pórtico de la Gloria si es compatible con Franz Kafka?”. Estamos en la belleza triste de un libro de viajes que no puede ser completo, porque no hay vida que lo sea.

lunes, 3 de octubre de 2022

ATLAS DEL CAMINO BLANCO en CULTURAMAS

 

Atlas del camino blanco

Ricardo Martínez Llorca

Baile del sol

Tenerife, 2022

120 páginas

 

Por Carlos Marín

Un tipo aspira a no perder la dignidad.

Así podría resumirse el contenido de esta novela corta que nos entrega Ricardo Martínez Llorca (Salamanca, 1966). La dignidad puede ser el valor universal que se defiende en las mejores obras de arte. La dignidad entronca con la pregunta de ¿quiénes somos? Sin que la cuestión parezca una imploración a los dioses. Se ha apuntado mucho, en las últimas décadas, a la identidad como eje de algunas de las obras literarias más importantes, de ahí, por ejemplo, el auge de ese género llamado autoficción.

Pues bien, he aquí que llega Martínez Llorca, acostumbrado a pisar charcos, y se mete en harina con una obra que podría ser la definitiva en lo que entronca a ese tema. A partir de una experiencia de un viaje a Nepal, a partir de sus conocimientos de alpinismo, y nos atreveríamos a decir, a partir de algún recuerdo adolescente, Martínez Llorca recrea el paso despistado de un hombre normal, a través de una ruta, la de los Annapurna, en solitario y con un objetivo inusitado: buscar a su mejor amigo. Nadie se pierde en esos valles como se pierde el amigo del protagonista y, sospechamos, la búsqueda de este tipo quiere decir otra cosa.

¿En qué consiste esa otra cosa? Esta intriga nos mantendrá ocupados a lo largo de la lectura. No se nos desvelará hasta el final, cuando se vea enfrentado a auténticos profesionales del alpinismo, y recomendamos no perdérsela. Hasta entonces, se nos antojaba que había algo absurdo, como hay algo absurdo en nuestra vida diaria, que el protagonista lleva pegada a la piel, por mucho que se esfuerza en ser distinto, aunque sea ocasionalmente.

La otra parte que nos mantiene pegados a las páginas de esta magnífica novela es la musculatura y la fuerza de la escritura de Martínez Llorca, que no dejamos de agradecer por mucho que nos vayamos acostumbrando a ella. Pocos escritores poseen su potencia, su serenidad y su oído.

La estructura no puede ser más sencilla, basada en un itinerario que, eso sí, nos muestra un país del que enamorarse. De hecho, nuestro protagonista llegará a enamorarse de una parte de ese país, gracias a los encuentros que parecen casuales, tanto como para sospechar que detrás de ellos bien puede existir un ser, al que llamamos Destino, manejando los hilos.

Queremos repetirlo: Martínez Llorca no se atiene a olas literarias, va por libre y en un mundo en el que triunfa quien consigue caer bien a todo el mundo, acostumbra a pisar todos los charcos, a correr todos los riesgos. En Atlas del camino blanco vuelve a hacerlo. Y esto sigue convirtiéndole en uno de nuestros mejores autores y, como si eso fuera implícito en la afirmación, en uno de los más marginales.


Fuente: Culturamas

domingo, 2 de octubre de 2022

LA ENFERMEDAD

 

La enfermedad

Klabund

Traducción de Olga García

El Desvelo

Santander, 2022

107 páginas

 



El comentario, que explica tantas cosas, es bien conocido: si uno mete en un terrario hormigas rojas y hormigas negras, no pasará nada. Cada especie formará su propia colonia y comenzará una vida a su estilo, en la que bastará con que tengan comida y a su propia reina para seguir adelante como si nada sucediera. Sin embargo, si alguien se dedica a agitar el terrario, los nervios de las hormigas saldrán hasta la punta de sus mandíbulas y entonces comenzará la batalla entre las rojas y las negras.

Probablemente el ejemplo es un poco exagerado, pero algo de esto sucede en el relato principal que se reúne en este volumen: La enfermedad. Un extraño grupo de gente se reúne en una pensión, como se reunieron, aunque en diferente escala, los protagonistas de La montaña mágica. Y así se da origen a algo que está trazado con el formato del cuento largo o de la novela corta, pero que bien podríamos catalogar como teatro de situación. De hecho, hay un ligero guiño metanarrativo, pues dentro de la obra algunos de los protagonistas se disponen a participar en una obra de teatro, y otros a ser espectadores. Se nos indica, de alguna manera, que ellos son conscientes de formar parte esencial, tan esencial como es la creación de personajes, de una obra. Y el tema de esta obra es una exploración acerca de los límites de la dignidad. Entendiendo por dignidad un atributo social: la dignidad se demuestra manteniendo una compostura en un entorno y en unas circunstancias, que pueden ser tan tristes como una tuberculosis_

«-Querido Sylvester… quiero verle por una vez actuar… ¡Hágalo por lo menos una vez! Actúe una vez no de forma artística, artificial, poética, teatral. Actúe por una vez de forma humana…»

Esto es lo que reclama uno de los personajes principales a otro, para incitarle a montar a caballo y participar en una competición. Da la sensación de que si no se agitara el terrario, lo que podríamos narrar de los sucesos sería un gasto de energía innecesario.

Vemos a los personajes débiles, a cuenta de la enfermedad que, por prescripción facultativa, les lleva a un obligado reposo. Y no dejamos de identificar a quien reposa con alguien que se encuentra débil. Es decir, son enfermos que deben actuar como enfermos. Para su sorpresa, o para sorpresa del lector, el tiempo no se detiene mientras nos molestamos en lamer nuestras heridas con más o menos dignidad, con más o menos compostura. De hecho, hacia el final comprobaremos cómo el mundo no ha cesado de evolucionar mientras nosotros nos hemos encerrado para tratar de sanar. El cine sustituirá al teatro y el automóvil a los trineos. La edición de estos textos es un gran acierto editorial, pues nos ayuda a comprendernos mejor.

lunes, 26 de septiembre de 2022

INOCENCIA INTERRUMPIDA

 

Inocencia interrumpida

Susanna Kaysen

Traducción de Sandra Caula

Big Sur

Barcelona, 2022

185 páginas



 

La vida, según Samuel Beckett, es un caos entre dos silencios. Lo mejor a lo que podemos aspirar, es a habitar en ese caos con serenidad. Ojalá pudiéramos librarnos de cualquier atisbo de agresividad, pero esta sociedad y este tiempo, hay que decirlo aunque caigamos en lugares comunes, ofrece una amplísima gama de opciones, algunas muy impuestas, para caer en las peores formas de la neurosis. Aunque no todos los trastornos tienen que ser neuróticos. Lo psicótico o la esquizofrenia, por ejemplo, pertenecen a ese mapa del cerebro o de la biología que está todavía por trazarse. Si bien sus devastadores efectos tienen que ver con la mente o, si quisiéramos mirar más allá de lo científico, con el alma. La serenidad afecta más al alma que a la mente, se supone. Lo que es seguro es que cuando uno está sereno, lo siente también en las células del cuerpo que no están encerradas dentro del cráneo. Esa búsqueda de la serenidad afecta a Susanna Kaysen (Estados Unidos, 1948) cuando hace memoria de su paso por un hospital psiquiátrico.

Más de veinte años después de ser diagnosticada como trastorno límite de la personalidad, Kaysen se propone cerrar capítulo, rendir cuentas, y mostrarnos cómo funciona la mente de alguien a quien se considera insano. Para ello se convierte en observadora de sí misma, pues no se trata sólo del testimonio, sino también de cómo lo reduce a los huesos y lo expone de manera fragmentada, conduciéndonos así a un mundo hostil e inevitable. En ocasiones, resulta tan extraño que nos preguntamos cuánto podría haber de alucinación. Sin embargo, todo lo que se relata no puede ser más real. Hasta el punto de llamar a la vida “este lado del suicidio”, una expresión que nos remite al famoso comienzo de la obra de Camus, El mito de Sísifo: el único tema filosófico serio es el suicidio, porque el suicidio versa sobre si la vida merece la pena ser vivida. Así nos vamos encontrando con un testimonio en el que todo brota del esfuerzo; nos esforzamos por culpa de la enfermedad, pero nos esforzamos para mantenernos sanos. Nada ofrece ese descanso que nos llevaría a la serenidad:

«Lisa siempre sabía lo que necesitaba. Decía: “Necesito unas vacaciones de este lugar”, y luego se escapaba. Cuando volvía, le preguntábamos cómo era el mundo.

«-Es infame -decía. Siempre se alegraba de estar de vuelta-. No hay nadie que cuide de ti allá afuera.»

Jamás creeremos a alguien a quien consideramos loco. Lo cual nos llevaría a intentar definir qué es la verdad, si somos capaces de subirnos a su mirada. Pero algo tan poco cartesiano, tan poco útil, tan poco mundano, está muy alejado de la vida de una persona con afecciones como las de las compañeras de centro de Kaysen. Las conocemos desnortadas, mientras nos preguntamos qué tenemos todos de demente. Algo que se refleja en nuestra falta de seguridad, en nuestra necesidad de seguridad:

«Lo que quería decir era que ahora estaba a salvo, ahora estaba realmente loca, y nadie podría sacarme de allí.»

El efecto enfermizo, o enfermante, de la reclusión va calando en el lector, que termina por convivir en un microcosmos que resulta ser lo bastante amplio como para dedicarle toda una vida. Kaysen observa mucho las relaciones entre las internas, y busca alguna pauta de amistad. Pero va a resultar complicado cuando tu mente funciona bajo ciertos parámetros:

«Creo que mucha gente se mata simplemente para no seguir discutiendo si suicidarse o no.»

Aunque si salían del mundo en el que les encerraba la locura y encontraban eso que el consenso llama realidad, también regresaban a lo atroz:

«Si nuestras familias dejaban de pagar, dejábamos de quedarnos y nos metían desnudos en un mundo en el que ya no sabíamos vivir.»

Uno se pregunta cuánto de serenidad puede lograrse en este planeta, cuyas imposiciones no dan tregua, y da por sentado que lo mejor es estar dormido, en un mundo donde lo onírico, que no tiene sentido, compensa las desavenencias de la vigilia. Pero el valor consiste en afrontar la vigilia y afrontar la memoria. En ese sentido, este ejercicio literario cumple todas las expectativas.

viernes, 23 de septiembre de 2022

COLONIA DMZ

 

Colonia DMZ

Don Mee Choi

Traducción de Rubén Martín Giráldez

Rayo verde

Barcelona, 2022

150 páginas

 



Se puede vivir con miedo o se puede vivir con poesía. De hecho, a medida que uno va haciéndose más viejo, se da cuenta de que ambos conceptos son incompatibles. Es posible incluso que estemos hablando de antónimos: lo opuesto al miedo, dicta el diccionario, es el coraje. Sobre lo contrario a la poesía no se dicta apenas nada. Tal vez podríamos hablar de fascismo, de molicie, de basura. Todo ello implica miedo. El problema de sentir miedo es que uno desea que le pongan suelo bajo los pies, sea al precio que sea. Y acaba comulgando con ruedas de molino, con barbaridades que obligan a poner en marcha eso que se conoce como disonancia cognitiva, o directamente el autoengaño: o tuerzo las explicaciones para acomodarlas al suelo que piso, por muy idiota que sea el suelo o muy idiota que sea la explicación, o me veo de nuevo en el vacío. Todo esto se sana con la poesía.

Don Mee Choi (Seúl, 1962) es consciente de ello y de ahí que construya este precioso libro sobre la tragedia de Corea. Y decimos construya, pues el libro está formado no sólo por texto, sino también por unas imágenes y un diseño que funciona como la reivindicación de la buena memoria. Mee Choi regresa a Corea y reúne testimonios de quienes sufrieron la violencia militar y colonial, y hablamos de una colonización como ha llevado a cabo el imperio de Estados Unidos, no de las propias del siglo XIX. Los testimonios son breves, muy breves, son fragmentos. Como está hecha a base de fragmentos la memoria de su padre, que se refleja en las fotografías, cuyo valor testimonial se encarece en el momento en que nos explican su origen, su singularidad, su trascendencia. En cualquier caso, todo afecta al plano personal. No se nos habla de la sociedad, de un decurso histórico. Aquí estamos tratando con lo más íntimo, con lo humano, con lo que podría significarnos a cada uno de nosotros.

Pero ¿qué sentido tiene la memoria? La memoria, como la utopía, si está bien trazada sirve para caminar. Uno camina hacia horizontes, y tras la propuesta de Mee Choi sólo cabe la luz. Colonia DMZ es como se titula este libro, haciendo referencia a la zona desmilitarizada que separa las dos Coreas. La desmilitarización real debería atenerse al espíritu que nos llega a través de estos fragmentos, que cuando se aparta de los testimonios se sumergen en una poesía que imita a las aves en vuelo.

Esta obra debería acompañarnos mucho tiempo, el suficiente como para que aprendamos que poesía es el antónimo del miedo.

martes, 13 de septiembre de 2022

CAPITÁN FANTASTIC

 

Capitán Fantastic

 



La decisión del muchacho es un ejercicio de sabiduría: le han admitido en las mejores universidades del país, y ahora que el microcosmos que construyó con sus padres se desarma, ahora que ya no tiene que ser necesariamente salvaje, puede elegir qué avión tomar para largarse a estudiar a Los Ángeles o a Boston. Cuando llega al aeropuerto, descubrimos que ha optado por viajar a Namibia con una pequeña mochila. La sabiduría no está, necesariamente, en las universidades ni en los libros, que pueden no ser del todo ajenos a ella. Se trata, sencillamente, de saber ir eligiendo en cada momento el bien frente al mal, o el mayor de los bienes posibles o, a modo de consuelo, con procurar hacer el menor mal a quienes afecte nuestra acción, si es que el mal es inevitable.

Que Capitán Fantastic sea una comedia es un principio que debemos tener en cuenta a la hora de enfrentar la película. Recordemos: un padre solo, a cargo de sus seis hijos, les educa en el bosque enseñándoles supervivencia -desde cazar corzos con cuchillo a escalada en condiciones penosas-. Estudian mucho, leyendo a Dostoievsky, a Jared Diamond y a Noam Chomsky, que se convierte en el principal referente cultural de la familia. La presentación de los personajes puede parecernos brutal, tal vez hiperbólica, pero la hipérbole es un recurso que la comedia se puede permitir para ofrecer un retrato de la realidad. Eso sí, esta reacción del padre, que podría parecernos tan exagerada, ¿a qué se debe? Se debe a un rebote contra una realidad que, esta vez sí, no tiene nada de cómica y sí es muy exagerada: se trata de nuestro mundo enfermo. Querer vivir fuera de una sociedad patológica es síntoma de salud. Ese es el planteamiento del padre de la familia. Y aquí, al hablar de la patología de la civilización, no cabe caricatura. De hecho, cuando se nos muestra cuál es el tipo de sociedad contra la que se ha rebelado, nuestro enfado no será contra un personaje de ficción, sino contra el malestar provocado por la distribución de la riqueza, por la farsa del bienestar a partir de la explotación, por los mecanismos de dominio, por la complicidad entre poderes y policía, por la autoridad económica, por un mundo falso y podrido, que genera una miseria que se menciona, pero cuya presencia en la película se escatima porque, al fin y al cabo, estamos frente a una comedia y no se trata de provocar fiebre en el espectador.

Dado que no se trata de un estreno, podemos atender al final para interpretar las intenciones de la película. Si la propuesta frente a la sociedad neurótica, en grado muy patológico, es lo salvaje, entendiendo por lo salvaje una forma de vida similar a la de los indios canadienses hace cuatrocientos años, la solución no parece ser una forma de vida tan escandalosamente fuera de lo que llamamos, con poco acierto, la realidad. La propuesta definitiva es el Beatus Ille que, recordemos, resulta ser más una leyenda que una terapia. No iremos al bosque a cazar ni nos curaremos con hierbas, no se impondrá una vida al margen, pues dentro de los márgenes está, por ejemplo, el hospital donde nos curarán una fractura; lo suyo es hacerse con una granja, recoger huevos, plantar lechugas. Esa forma de estar fuera de la sociedad sí es admitida por la sociedad. Esta aporía estremece: hay que ser civilizados, aunque la civilización destruya. De hecho, desde que vi la película por primera vez, este final me hace echar de menos el ímpetu casi bélico con que plantea el padre la lucha en la naturaleza en los primeros minutos. No es extraño, ni es casualidad, que los guionistas decidieran que el trastorno que acaba con la vida de la madre sea el bipolar. ¿Cabe alternativa entre los dos extremos? Uno, el de la sociedad neurótica, es parte de nuestra vida. El otro, el de la práctica de lo salvaje, es parte de la ficción. No hay dos extremos, pero al inventar el segundo, el que brota del efecto rebote, nos invitan a elegir. ¿Y qué elegimos? Las citas sociales, los lugares comunes, las ideas implantadas en nuestra pereza mental nos sugieren moderación. Hay que ser precavidos. Con frecuencia esa moderación supone algo así como un mandamiento en el que se dicta que lo sensato es no quedarse en los extremos, que bien pueden ser lo bueno y lo malo, y por tanto el ideal está en lo regular. Esto es molicie.

Las reflexiones que puede generar que esta película entre en nuestra cabeza son de bastante calado. O lo pueden ser. Entre lo prosistema y lo antisistema hay un mundo por explorar. Pero, sobre todo, ¿cuál de los dos extremos es más violento?

Eso sí, uno no puede dejar de querer a los personajes durante un funeral que, sin duda, firmaría como modelo para la celebración del propio: una pira en la naturaleza, junto a un lago y entre bosques de coníferas, y con tus seres queridos vestidos de colores, como en una celebración de cumpleaños, mientras danzan al ritmo de la mejor versión que se hará jamás de Sweet Child of Mine. Frente a esta improvisación, tan personal, sugerente y elegante, la pesadumbre insoportable del funeral con rito cristiano nos indica que la neurosis puede tener también formas tristes, sombrías y solemnes.

martes, 6 de septiembre de 2022

ATLAS DEL CAMINO BLANCO

Atlas del camino blanco

Ricardo Martínez Llorca

Baile del sol

120 páginas




Atlas del camino blanco, cuyo título se debe al reflejo de las nubes sobre los charcos del sendero, presenta la historia de un profesor de filosofía con cierta costumbre de viajar, y ninguna de caminar por las montañas, empeñado en encontrar a su mejor amigo, perdido mientras trataba de ascender el Annapurna siguiendo la ruta de los primeros alpinistas que conquistaron la cumbre. Los senderos barridos por las lluvias y unos ríos desbordados, casi imposibles de atravesar, marcarán la ruta.

Nos encontraremos con un hombre sin atributos que busca su identidad en el escenario simbólico de la épica: las grandes montañas. El protagonista padece esa enfermedad que es el sueño de conciliar un pasado en el que destaca la búsqueda de la nada, con el único hecho que ayudaría a restablecer una personalidad. Buscará a su mejor amigo y esta búsqueda se convierte en una reflexión acerca de la identidad. El sorprendente final nos sugerirá que cualquier exploración, cualquier viaje, interior o exterior, es un intento de explicarse a uno mismo como si se tratara de una psicoterapia.

“¿Crees que a tu amigo le gustaría saber que le estás buscando?”, le preguntará uno de los personajes con quien se cruza. En su ruta encontrará monjes, escolares, policías, soldados, trabajadores de correos, camareros, ancianos desocupados o porteadores, que le preguntarán por qué los occidentales no pueden permanecer en su hogar.

A partir de sus propias experiencias como viajero y alpinista, el autor traza un itinerario que nos recuerda que todos perseguimos a la persona que deseamos haber sido cuando terminamos la adolescencia para soportar lo que viene después.

lunes, 5 de septiembre de 2022

LA PARTICULAR MEMORIA DE ROSA MASUR

 

La particular memoria de Rosa Masur

Vladimir Vertlib

Traducción de Richard Gross

Impedimenta

Madrid, 2022

436 páginas



 

Lo que nos estremece tras leer estas páginas es darnos cuenta de en qué consiste esa metáfora de la vida como lucha: no se trata de salir a bregar contra viento y marea; no se trata de librar batallas contra molinos de viento ni contra los poderes económicos; no se trata de implicarse de una forma más o menos voluntaria en la supervivencia, con todo el desgaste que eso supone; en realidad, la lucha no es algo que uno protagonice, no es algo en lo que uno participe haciendo uso, con más o menos sentido de la justicia, de la voluntad, no; en realidad, la lucha es algo que a uno le sucede, como nos suceden tantas otras cosas, desde la necesidad de respirar hasta la muerte.

Esa es la enseñanza que ocultan estas memorias de Rosa Masur, una mujer normal que atraviesa un siglo de vida con una fortuna que en ocasiones nos recuerda a ciertos personajes de Dickens, pero que no deja de contener la experiencia vital y literaria propia de Rusia: nacer, crecer, morir, sin lujos amorosos ni de honor, como suceden en otras tradiciones artísticas. Existe, eso sí, un intento constante de asfixiar la dignidad, como una imposición de lo que supone cualquier alternativa al suicidio, es decir, como algo natural a la condición de estar vivo, y un deseo constante de mantener esa dignidad. La asfixia es el acoso exterior. El deseo es lo que caracteriza al ser humano. En ese sentido, esta novela, es un estudio del individuo frente al colectivo. Su autor, Vladimir Vertlib (San Petersburgo, 1966) nos deja esa afirmación casi propia del anarquismo, la de quien asegura que tiene fe en las personas, pero no en las grandes agrupaciones.

Rosa Masur atraviesa tanta historia, y esta influye tanto en la suerte de la protagonista, que uno se atreve a considerar la opción de catalogar la novela como histórica. Se trata de una falsa biografía, en la que el adjetivo “falsa” cabe ser muy cuestionado. Vertlib plantea la obra con mucho realismo, incluso con cierta inclinación al naturalismo. La voz de la protagonista, que es la que nos narra su vida, no se plantea nada que parezca afectar al terreno de la imaginación; no sentimos que nada de lo descrito sea figurado, tenga una lectura metafórica, nos deslumbre porque el acontecimiento no se nos hubiera ocurrido nunca. Parece, más bien, que el tratamiento es documental: esto que sucede es lo mismo que nos hubiera sucedido a cualquiera de haber nacido en esa misma tesitura. La compatibilidad de la imaginación con la verosimilitud será una de las constantes dudas que le puedan surgir al lector mientras va conociendo la vida de Rosa Masur. Acostumbrados a que la imaginación toque demasiado el reino de la fantasía, esta obra nos recuerda que también afecta a lo más mundano.

Aunque no es tan mundana la vida de la protagonista. Es cierto que podríamos pensar que cualquiera la hubiéramos imaginado, porque la mayoría de los episodios nos pueden sonar a conocidos, pero también es cierto que es raro comprobar cómo alguien puede relatar su biografía con esa distancia que le da la consciencia de ser testigo a la par que protagonista. Aún más complicado resulta darnos cuenta de en qué consiste la esencia de la adaptación de Rosa Masur. Frente a la dureza de las circunstancias, ella sigue empeñada en ser buena persona. Tal vez sea eso, la bondad, lo que obligue a darse cuenta de que la lucha es una metáfora de la vida que significa que vivir es algo que a uno le sucede, no algo que uno protagoniza.

martes, 9 de agosto de 2022

EL VIAJE DE CHIHIRO

 

El viaje de Chihiro

 



Tal vez sea la categoría más asombrosa, entendiendo por asombroso algo lleno de entusiasmo, que un lector pueda elaborar: la de los libros que tras su lectura piensa que hubiera deseado escribir él mismo. En mi espacio personal enmarco muy pocos así, y los conservo en las mejores estanterías de la memoria, donde están siempre expuestos, siempre listos para regresar al primer plano de los pensamientos sentimentales. Por ahí anda Pedro Páramo, El desierto de los tártaros, Helena o el mar del verano y, por supuesto y siempre, Mientras agonizo. Como espectador de cine, resulta más complicado pensar en esos términos, pues una película es una obra plural y tal vez no sabría decir si me hubiera gustado escribir el guion, dirigir o, sencillamente, idear Sin perdón, Plácido o Una historia verdadera. Con El viaje de Chihiro me sucede todo ello a la vez: ojalá la hubiera imaginado, ojalá la hubiera puesto en escena, la hubiera dibujado, la hubiera producido, ojalá hubiera sido el director de arte y el guionista. Ojalá fuera mi criatura. La única forma que tengo de integrarla en mi vida es volver a verla. Y es mucho. Así participo de ella con credulidad y, por tanto, con entusiasmo: ¿cómo puede ser malo el mundo si ha permitido la creación de un Bildungsroman como El viaje de Chihiro?

Como relato de iniciación, sorprende el ambiente: lo que lleva a madurar no es el enfrentamiento al mundo de los adultos, ni la supervivencia social, ni siquiera la aventura para la que su cuerpo se supone que no está capacitado, pues el viaje de iniciación tiene lugar, como no habíamos visto nunca, en un mundo que suele atribuirse como propio de los niños: el mundo de la fantasía. Hay fantasmas, monstruos, seres raros, magos, dragones… Uno crece desde el mundo de la infancia, no desde los presupuestos que imponen sus mayores.

El viaje comienza con una familia compuesta por unos padres y su hija, que abandonan la ciudad para irse a vivir cerca de los bosques. Allí, en uno de los escasos rincones donde pervive o se permite pervivir al bosque y a los seres del bosque que se alejan de los hombres, comienza lo que se supone que es extraño. Decimos se supone porque enfrentarse a duendes y hadas, a trols y fuegos fatuos, no entra en los criterios de lo cotidiano del urbanita. Sí fue parte de la vida de los pastores durante siglos: en el bosque había fenómenos y ruidos inexplicables. Nada más empezar, nuestra protagonista debe integrarse en el mundo de la imaginación: “Tienes que comer algo de este mundo, sino desaparecerás”, le advierte el que será su salvaguarda. Luego convive con los ocho millones de dioses que acuden de noche al hotel de aguas termales. Pero ¿quiénes son esos dioses? ¿Qué se supone que son los dioses en una cultura tan alejada? Hablamos de seres deformes, algunos horribles, otros graciosos, que se mueven como un banco de medusas. En la mitología japonesa los dioses representan elementos naturales: agua, fuego, luna, viento, etc. De hecho, serán los que representen al río quienes cobren un protagonismo más especial en una reivindicación ecológica que aquí se oculta, pero que en La princesa Mononoke, otras de las grandes películas del estudio Ghibli, saltaba a primer plano.

Nuestra protagonista, la niña Chihiro, enseguida es aceptada con ternura por los seres más humildes que habitan entre los sirvientes del hotel. Y se irá ganando el afecto de los demás mostrando que no rendirse significa no rendir la sonrisa, la generosidad, la buena disposición, sentir el valor de los demás para sostener el valor propio. Hay un detalle que me hace recordar, cada vez que la veo, a Los libros de Terramar, la trilogía de magos y dragones de Ursula K. Leguin que leí con diecisiete años: la importancia que se concede al nombre verdadero, a no olvidarlo, a conocer el nombre de los demás. Nombrar es conocimiento: sé quién eres, sé quién eres en verdad. Cada vez que reviso esta película siento la misma forma de felicidad que sentí en la adolescencia leyendo aquellos libros de fantasía. La felicidad es imposible definir, a no ser que seamos capaces de poner nombre verdadero a lo que sale del corazón. Y para eso todavía no se ha creado un lenguaje.