miércoles, 2 de abril de 2025

TAL VEZ VIAJAR en ZENDA

 

Viajar es una brutalidad

Viajar es una brutalidad

Tiene este nuevo libro de Martínez Llorca una capacidad, más que suficiente, para arropar a quien viaja y ha hecho del viaje un modo de vida recurrente. El título del libro, Tal vez viajar (La Huerta Grande, 2025) tiene escondido, entre su enunciado, un subtítulo sugerente: Una agenda de jardines, oasis y horizontes. Con esta perspectiva, y con este bosque recién dibujado, se nos arrebata cualquier pretexto para morir, como nos recuerda Robert Louis Stevenson en una de las citas de apertura. Y con este resultado, no hay más sendero que leer, vivir y viajar.

Martínez Llorca estructura su reflexión en torno al movimiento en veinticuatro capítulos. Los dos primeros se constituyen en una afirmación y un prólogo. Capítulos desiguales en extensión y en interés. Así, por ejemplo, el primero destapa una crítica velada al torrente turístico que originan las turbamultas de ciudadanos que deambulan por el mundo “buscando lo pintoresco” atraídos y cegados por lo típico y lo extravagante de los lugares y sitios que visitan, habitan y, permítanme la bajada de registro, defecan. Esta persecución les impide deambular sin rumbo fijo, como hacían los verdaderos musungus o vagabundos que iban por el mundo como si estuviesen perdidos; concepto este del musungu, por otra parte, desarrollado muy bien en el prólogo.

"Solo hay que viajar para conseguir vislumbrar lo que somos. Porque si algo te enseña viajar es que lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos"

Tal vez viajar es un ensayo que se justifica por lo lírico de su tono y por la reflexión que sobre el viaje y su sentido, que sobre el viaje y los sentidos realiza la memoria del autor. Gracias a esta, Martínez Llorca ha podido transcribir, en forma de capítulos breves, las emociones y reflexiones producidas durante los viajes realizados a lo largo de su vida. Ahora nos invita a recorrer esos paisajes inscritos en el palacio de su memoria. Y lo hace entremezclándolos con una fina y sabia cultura literaria que no olvida el texto que le sirvió de referencia y cabeza tractora para decidirse a escribir este ensayo: el Libro del desasosiego, de Pessoa, un verdadero y largo viaje inmóvil.

Las páginas de Tal vez viajar nos advierten de los peligros de mitificar los viajes, e incluso nos revela datos sorprendentes, como aquel que reza que un alto porcentaje de los rescates que se realizan en alta montaña son para salvar a gente que fue allí con la intención de suicidarse en soledad. Solo hay que viajar para conseguir vislumbrar lo que somos. Porque si algo te enseña viajar es que lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos. Esa atracción por pasarlo mal, la decisión de que tu maleta será tu casa termina fundiendo al becerro de oro de la idolatría por el viaje. A través de las páginas del ensayo de Martínez Llorca, se nos obliga a buscar dentro de nosotros lo que otros ya han sido en aquellas remotas montañas, o en aquellos rincones solitarios. Será la única forma de encontrar la conexión con la naturaleza y cuestionar los parámetros de consumismo que hoy mueven la aventura de viajar por el mundo.

"Martínez Llorca recuerda que el estilo literario más profundo es el silencio, y lo hace para revelar la soledad enferma en la que el fenómeno de las redes sociales nos sumerge cuando viajamos"

Me gustaría resaltar que hay una combinación mágica de este ensayo con las experiencias literarias del autor. Y de tal forma las imbrica, con tan natural armonía las cose con el hilo conductor de su razón reflexiva, el viaje, que en ocasiones parece que estás leyendo un sugerente diario de lectura nutrido con sus viajes. Así, son notables las referencias a Rilke y el ya citado Pessoa, a Thoreau y a Conrad, a Bowles y a Zweig y Stevenson; ¡hasta el Shylock! de El mercader de Venecia de Shakespeare aparece. Una maravilla el símil realizado. Aunque de entre todas, hay una referencia que sin duda ha retumbado. Es la que nos recuerda Cesare Pavese cuando afirmaba que viajar era una brutalidad.

Pavese me obliga a subrayar uno de los mejores capítulos que tiene el libro: “Las redes, maldita sea”. En realidad es una denuncia al pensamiento jíbaro al que nos han acostumbrado las redes sociales. Y no solo el pensamiento se ve sometido, sino la actitud demostrada por el viajero y el turista del selfi. Martínez Llorca recuerda que el estilo literario más profundo es el silencio, y lo hace para revelar la soledad enferma en la que el fenómeno de las redes sociales nos sumerge cuando viajamos. El autor menciona a Olivia Laing, autora de La ciudad solitaria, para glosar que quienes deseen de verdad purificar los porqués y las razones de sus viajes tienen que sopesar que el viaje debería ser una forma de rebeldía, pero en las redes sociales pasa a ser un instrumento de rentabilidad, una rentabilidad que tiene que ver con la vanagloria. Viajar se convierte, entonces, en una brutalidad. El narcisismo asociado a esta actitud, como nos refiere, no cesa de generar problemas por exceso y por defecto: pudre.

He de concluir esta reseña sobre Tal vez viajar, y quiero hacerlo volviendo al pensamiento que Martínez Llorca relaciona con su manera de viajar: “El estilo literario más profundo es el silencio”. Una cita que daría para otro ensayo. Y un enunciado que podría ser el mejor motivo para quien decide viajar trascendiendo lo físico con el fin de abandonarse en lo que de emoción verdadera y filosofía tiene sobrevivir en la naturaleza de los lugares sin que estos sangren. Así que, valga el oxímoron, nos advierte el autor, viajar es alcanzar una gloria anónima.

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Autor: Ricardo Martínez Llorca. Título: Tal vez viajarEditorial: La Huerta Grande. Venta: Todos tus libros.

EL INCIDENTE

 

El incidente

Daniel Jiménez

Seix Barral

Barcelona, 2025

345 páginas


 


Es posible que la estupidez sea hacer tanto énfasis en la salud mental. Y también es posible que debiéramos tomarnos más en serio los problemas que conlleva. En cualquier caso, lo que debemos cuestionarnos es si conviene seguir como estamos, hacia dónde nos lleva la actual tesitura, que no apunta a soluciones ni a rebajar el malestar. Lo que está claro es que no nos encontramos frente a una ciencia exacta, como lo demuestra que nadie pueda entrar a valorar la estabilidad mental de los profesionales que atienden a la nuestra. Estamos en un momento en que a lo que más se parece el compendio de psiquiatría y psicología es a una religión sin dios, pero con algunos santos, cuando la corriente mundial es la de verificar todo con certezas científicas, pero esta ciencia está en pañales. «Es curiosa la hipertrofia de la razón, como si nos permitiese controlar algo, cuando el noventa por ciento de nuestras acciones las rige la emoción», comenta un psiquiatra jubilado con el que se entrevista Daniel Jiménez (Madrid, 1981) en el proceso de investigación de este libro.

Antes de seguir, cabe señalar que para escribir un buen libro, y este lo es, de hecho es muy bueno, elaborado con retazos de la realidad y pretendiendo que esta quede reflejada, hace falta tener una gran motivación. Daniel Jiménez la tiene y no la esconde: una muerte en la familia. Pero ese detonante no es la única gasolina que alimenta el motor de este proyecto, pues detrás está, también, la propia reconstrucción tras una vida en la que uno puede llegar a pensar que se ha respetado poco a sí mismo. El detonante que mueve la narración, sin embargo, es exterior. El incidente al que se refiere el título no parece ser un suceso exagerado: un psiquiatra en edad de jubilarse sale de sus casillas y agrede a un joven paciente capaz de sacar de quicio a cualquiera; ante un brote psicótico se responde con un abuso de poder. Sin embargo, esto se supone que no debería de ocurrir jamás, por la profesionalidad y la edad de uno, por los recursos que están al alcance de los profesionales de un hospital. Pero sucede y da pie a un proceso de identificación del autor, que comienza una investigación en la que busca resolver algo muy personal, esclarecer lo que significan los tratamientos para la cabeza en una sociedad que permite y facilita el disparate. El libro contiene una seria reflexión acerca del ámbito de la salud mental, y para ello Daniel Jiménez demuestra una capacidad de transmitir tensión narrativa sin provocar estrés y, lo que es más complicado, mantenerla a lo largo de más de trescientas páginas en las que recurre a diferentes estrategias de comunicación: la entrevista, el diario, el testimonio guionizado, el diálogo o la conferencia, los audios de voz y hasta las conversaciones por WhatsApp.

Al contrario de lo que uno espera, esta combinación de recursos facilita la verosimilitud que debe tener este tipo de textos, tan pegados a lo cotidiano, o a lo que podría estar sucediendo en nuestro entorno inmediato. A la hora de la verdad, solo conocemos fragmentos. Es casi imposible llegar a conocer el cuadro completo, así pues, nos enfrentamos a toda la periferia. Será visitando el entorno, a los profesionales, recopilando más impresiones que información, orbitando alrededor de los personajes, como les vayamos conociendo. Podemos estar hablando de un drogadicto psicótico, como en el caso del muchacho, el paciente, pero nos quedará bien claro que estamos ante una persona sensible. Tal vez sea esta, la sensibilidad, la gran virtud que nos quedará tras la lectura de esta obra, en la que vamos destacando muchos puntos fuertes de valor literario mientras estamos leyéndola. Porque, a fin de cuentas, importa más lo que nos digan las células que rigen la emoción, sean estas las que sean, que esas que dirigen la razón hipertrofiada.


Fuente: Zenda

martes, 1 de abril de 2025

LUNA PARK

 

Luna Park

Marina Perezagua

Páginas de espuma

Madrid, 2025

125 páginas

 



El tema, el asunto que da energía a la obra, es a qué tipo de mundo estamos trayendo vida. Esa es la consistencia de este conjunto de relatos que Marina Perezagua (Sevilla, 1978) publica tras su impactante novela La playa, donde una madre se enfrentaba a durísimas circunstancias en los primeros días de vida del bebé. Uno afronta la lectura de Luna Park inquieto, dado que espera a ver qué sucede al combinarse el talento de esta escritora con el paisaje al que estamos acostumbrados en las últimas décadas, esas regiones de Estados Unidos más pobladas. El conjunto de narraciones forma una cartografía, que se nos presenta en un tono más bien explicativo, aunque este va cambiando a medida que avanzamos en la lectura. Podría decirse que los relatos más puros, aquellos que abren un paréntesis en una vida y son circulares, con su final sorprendente, se guardan para el final. Antes asistimos a la revelación de momentos excepcionales, en los que los niños, desde el neonato a los de cuatro años, ocupan el eje alrededor del cual orbitará el resto de los movimientos. Y estos movimientos vendrán protagonizados, con frecuencia y como ya es habitual en las obras de Marina Perezagua, por personas que no parecen enteras, como si alguna circunstancia no les hubiera permitido que terminada de crecer una parte de ellas.

Estos seres incompletos, cuyas carencias dan potencia al cuadro, le sirven para reflexionar sobre temas tan fundamentales como las raíces, la necesidad de tenerlas y construirlas, así como la necesidad de la tribu, una familia y su entorno, que es lo que nos facilita un suelo. De lo contrario, podríamos caer en las neurosis que caracterizaban a los indios desplazados de su territorio. Aunque siempre estará presente la cura posible por amor, en este caso por amor a la vida que uno puede traer. En el relato que da título al libro, se nos presenta la búsqueda de la soledad, paseando por Coney Island en invierno, a través de una madre primeriza que ante la situación de acompañar a un hijo mientras tiene al otro en una incubadora siente que la maternidad no es fácil de compartir, por no decir imposible. De hecho, en algún momento nos irá planteando que el exceso de celo puede guiarnos hasta la locura, incluso a una suerte de secuestro por parte del padre, o que las personas demuestren que no son normativas, algo que no deberíamos de entender como una tara. Será hacia la mitad del volumen cuando nos descubra directamente cuál es la falla sentimental de la que se desprenden todas estas inquietudes, y que vuelve a ser la emoción que mueve el mundo, que es el miedo, expresado a través de la cercanía de los pederastas. El único recurso que la civilización nos ofrece para afrontar los temores es el de intentar colorear sin salirse de las líneas, para que el mundo no parezca tan feo, ni siquiera en casos de suicidio, como el que puede llegar a encontrarse una madre y profesora que halla en la educación en la naturaleza una forma de sanación, por su sencillez, por su naturalidad. En realidad, acompañando a un hijo, lo que estamos protagonizando son descubrimientos, incluidos los que brotan de la nueva forma de ver a los amigos y sus síndromes.

Y así hasta llegar a los impactantes últimos relatos, donde no tiene reparos en confrontar algunas de las situaciones humanas más duras que uno puede imaginar, como los asesinatos de recién nacidos, con la adopción de un perro, en unos momentos que nos acercan al relato de terror. Pero todos, el conjunto, nos van presentando una cartografía emocional, incómoda, a la que traer vida, que es algo que debería ser emocionalmente grato, una pasión. Esa confrontación da potencia a un libro en el que Marina Perezagua vuelve a demostrar que es una de las voces que más merece la pena seguir en nuestra literatura actual.