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miércoles, 21 de febrero de 2018

EN LA CIUDAD LÍQUIDA

En la ciudad líquida

Marta Rebón

Caballo de Troya
Barcelona, 2017
498 páginas

Hay libros que pueden reseñarse y libros sobre los que convendría no decir nada, pues el autor ha necesitado de toda una vida, por muy joven que sea, sigue siendo toda una vida, para llevarlos a cabo. Este es el caso de En la ciudad líquida, un regalo de la traductora Marta Rebón o, para ser precisos, de la reescritora Marta Rebón. Si una ciudad fuera sólida, carecería de alma, estaría rígida, muerta. De ahí que esa sea la imagen que ella elija para hablarnos de la parte que ha aprendido, en sus días y sus noches, y que refleja la ventura de vivir. Es cierto que nos encontraremos con seres desdichados, pero Marta Rebón transmite algo de felicidad por el hecho de saber de ellos, de haberla ayudado a construirse. Y la felicidad, todos lo sabemos, pertenece a la magia, no a la ciencia. La crítica literaria, sin embargo, debería pertenecer a la razón. Con lo cual, esta reseña moriría por su entidad de absurdo. En cualquier caso, muere por el mero hecho de tener que resumir impresiones sobre un libro al que no le sobra un solo párrafo.
A partir del amor por la lengua rusa, Marta Rebón se plantea cómo sobrevivir en las ciudades líquidas que ha visitado o vivido, las rusas y cualquier otra. Para ello se precisarían branquias. Como los peces, pues, el libro es una forma de vagabundear dejándose llevar por el movimiento de las corrientes oceánicas, por el calor del agua, por la marea. Así es como va descubriendo la naturaleza del lenguaje, que será la naturaleza de quienes hicieron del lenguaje la esencia de lo que fueron. Pasternak, por supuesto, pero también Dostoievsky. Ambos con el dolor como compañero de viaje. Y Marta Rebón acompaña y nos explica ese dolor, que toma la forma de exilio. El exilio es múltiple, una Hydra de mil cabezas. Dostoievsky fue exiliado sin salir del país. Brodsky o Nabokov por una suerte de voluntad propia, de libertad propia. Las obras de estos autores las conocemos en Quito o en Tánger. Porque Rebón se va de viaje con ellos. Y después del tiempo, cuando ha decantado su vida o buena parte de su vida, ya se atreve a expresar sus filias. Vassili Grossman, a quien tradujo, o el enfermo Chéjov, para quien los pulmones fueron otra forma de exilio, la peor, la de llevarlo agarrado a la respiración. Encontraremos a Shalamov, de quien no sabemos si su obra es relato o documento, y a la inagotable Tsvietáieva. Y todo ello en una necesidad de reflejar los años oscuros en un país que aprendió a amar desde la distancia, pero que ahora quiere tras visitarlo.
De San Petersburgo, la ciudad más emblemática, destaca la luz: perpetua en verano, sin dejar de conferir a las calles una calidad de blanco y negro. El encanto está en la nostalgia. Ese cóctel solo funciona si uno tiene mucho talento para expresarse, para capturar al vuelo fragmentos dislocados, reza Rebón, antes de seguir recorriendo rincones ocultos donde lo terrible es tan atractivo como en la tundra. Al mismo tiempo, esos fragmentos dislocados nos hablan de ella, de Mihaly Dés y la revista Lateral, donde tantos comenzamos. De la memoria propia y de las memorias prestadas. De Oporto, Marruecos, Pessoa, Camus Churki, Bowles. De Barcelona y del proceso de creación literaria, que no es tan diferente al de cualquier otra forma de imaginación. Todo viene de haber visto, de haber vivido. Pero de haberlo hecho con los cinco sentidos abiertos y, a ser posible, abierto a la posibilidad de que uno tenga seis, siete o cien sentidos, pero que solo conozcamos cinco. Este es el principio de una gran amistad, sí, la nuestra con Marta Rebón, a quien ya le debíamos mucho de Vida y destino.

Fuente: Culturamas

miércoles, 27 de diciembre de 2017

MANUAL DE SAINT-GERMAIN-DES-PRÉS

Manual de Saint-Germain-des-Prés

Boris Vian

Traducción de Julia Osuna
Gallo Nero
Madrid, 2017
223 páginas

Para Boris Vian el humor era una cosa muy seria. Podríamos darle la vuelta a la afirmación y decir que el paso por la tierra había que tomárselo a broma, dada la seriedad, a veces solemne, con que se trata, pero tratándose de literatura, no de la pose, la afirmación inicial es más correcta. Saint-Germain-des-Prés es el barrio de París donde hizo gran parte de su vida. Ya se sabe que en las grandes ciudades uno se ve obligado a acotar y, finalmente, se convierten en el único reducto en el que la gente puede hacer una vida de barrio. Eso supone llegar a cierto afecto por los vecinos, ya que uno termina por conocerlos a todos, o al menos termina por conocer su aspecto y lo que de ellos se dice.
Dentro del barrio, en función, eso sí, de la edad, se imponen un eje alrededor del cual gira el resto. En este caso, se trata de los bares de vida nocturna, música en directo, ubicados en los bajos, de ahí el sobrenombre de cuevas. Y uno muy en especial, el Tabou, que se presenta como la cueva, el refugio favorito de Boris Vian. De ahí que la presencia de un barman o de un intelectual de lujo se igualen en la influencia sobre la construcción de la personalidad de Boris Vian. Sigue con idéntico pudor y magnetismo a una cantante pendenciera que a Simone de Beauvoir. Pero el libro está construido en forma de guía: distribución, catalogación y desglose. Aunque en él Boris Vian desbarate toda ciencia seria: la economía, la sociología y hasta la geología. Para ello se dirige al lector con su tono de humor desenfadado, refiriéndose tanto a la realidad como a la leyenda, e igualando a ambas.
Tras la presentación del barrio, en el centro de París, se exhiben textos de otros autores, la mayoría periodistas, que analiza sin parar en mientes. Sus filias y fobias salen a flor de papel, expresando lo que él considera que debería ser un tratado de moral. De esta manera cuestiona la seriedad de la toma de postura de los vividores o de las descalificaciones. Incluso se cuestiona si el existencialismo es filosofía o un mero juego, “un conjunto de costumbres practicado por la población de las cuevas y de representarlo como una doctrina funesta”, menciona, refiriéndose a lo que dicen de él los “gacetilleros” reunidos en la corte personal de la tradición periodística. Contra estos gacetilleros se despacha a gusto, preguntándose por qué pretenden derribar ídolos que no pretenden serlo, por qué les tachan de paganos cuando no hay ninguna religión contra la que se expresen. Así es como estos cronistas consideran a la población de las cuevas de Saint-Grermain-des-Prés como unos esnobs rancios, sin realmente conocerlos.
Más adelante, en lo que se supone que debe ser una reseña de la historia del barrio, se limita a hablar de anécdotas que sucedieron en los últimos años, muchas de ellas a altas horas de la madrugada. Pero esta gente, pintores y poetas o músicos y actores, adorna el barrio junto a las fulanas y otra gente que vive el momento como si no hubiera mañana. Gran parte de los episodios tienen lugar entre guerras o durante la ocupación, pues posteriormente la fama del barrio se impondrá y se llenará de turistas, de una clientela que a él no le interesa. Boris Vian presta atención a los recursos con que las cuevas se hacen con una clientela fija. Y es sobre ella a la que dedica el siguiente capítulo, unos perfiles burlones y críticos, irónicos y breves, pero llenos de ternura, en los que entra igualando a André Gide con el camarero de turno. A su impresión de cada uno de ellos, añade los autocalificativos de la gente, cómo se ve cada personaje a sí mismo. La impresión que da es la de una pandilla de borrachos con mucha consistencia, con la cabeza bien puesta sobre los hombros y por tanto merecedores de todo el respeto. El que les profesa Boris Vian y del que le gustaría que quedara constancia para el futuro. De ahí que se atreva a escribir esta guía que no deforma la literatura del ya clásico escritor francés.

Fuente: Culturamas

lunes, 11 de diciembre de 2017

CORÓNICAS DE INGALATERRA

Corónicas de Ingalaterra
Una visión crítica de Londres
Eduardo Moga
Varasek
Madrid, 2016
307 páginas

Si Londres muriera, sería enterrada con honores militares del siglo XIX. Salvas con bayonetas, misa en latín con traductor simultáneo, incluido el traductor para sordos, un paseo silencioso por barrios de casas con buhardilla y gatos sobre las tapias, que evitaría las calles del Soho, aunque las prostitutas de Londres habiten ya en arrabales y sean mestizas. Lo que cuenta es conservar la fama. Las puertas del British Museum se cerrarían y un crespón negro se colgaría en cada estatua, incluida la del almirante Nelson, a quien se fotografiaría asegurando que se le veía caer una lágrima. Los policías dejarían sus nuevas gorras de plato y cuadrados blancos y azules, para ponerse el uniforme de gala, ese que lleva un orinal en la cabeza. Si Londres muriera, seguiría siendo el mismo Londres de hace siglos, el mismo Londres que visitó Julio Camba o Ignacio Carrión, un sitio raro porque los coches circulan por la izquierda y los punkies lucen crestas de gallo diseñadas por alcohólicos de cerveza negra. Sería el mismo Londres en que se jugaba al fútbol con pelotas de cuero reforzado y volvería la tristeza durante un día, de tal manera que el vaho de sus habitantes haría regresar la niebla que desapareció el día en que se puso filtro a las chimeneas de las fábricas. Pero al día siguiente el Speakers Corner se llenaría de orates, las cabinas se barnizarían para que posen junto a ellas los turistas, el Big Ben volvería a dar las horas con una puntualidad marcada por la ciencia de Greenwich, la gente sería amable y, sobre todo, se hablaría inglés. El inglés es un idioma muy extendido, a pesar de ser originario de una parte de las islas británicas. Se conoce como inglés, no como británico, una batalla que ganó Londres al mundo, como la ganaría Burgos si nuestra lengua se llamara en todo el planeta castellano y no español. Y además, Seguiría siendo un sitio caro, carísimo, excepto los museos nacionales, que seguirían siendo gratis.
En Londres, uno siempre es un invitado.

Debe existir, sí, el londinense, la persona cuyo árbol genealógico no saca sus raíces de Londres en centurias. Pero los demás, quienes se afincan para el resto de la vida o quienes pasan allí un fin de semana, siguen siendo unos invitados a esa ciudad en la que cuerpo y prótesis son una misma cosa. Eso sí, las prótesis se las ingeniaron para gestarlas cuando se inventó la literatura, y se las ingenian para mantenerlas igual de seguras. Los genuinos de Londres son aquellos que defienden que las cosas están bien como están, porque siempre han estado así. El problema para el visitante, para Julio Camba, para Ignacio Carrión, tal vez para Azorín, para Eduardo Moga (Barcelona, 1962) es cómo describir el Londres que visita. Si lo vista, pues, no puede ser otra cosa que un espectador más o menos sofisticado: desde el voyeur al peatón que no se acostumbra a que los coches circulen por el lado contrario. La crónica será costumbrista, porque muerto y resucitado, Londres es una costumbre. Y el lenguaje tendrá cierto tono antiguo, como de buena redacción escolar de los años sesenta, cuando las normas las dictaba Lázaro Carreter y se imponían en los colegios de curas. El Londres que Moga ve, es el Londres de siempre. Los encabezados serán los tópicos del lugar. En un lugar en que los tópicos dan para una enciclopedia. La mirada entre la extrañeza y el humor, porque en Londres lo que uno no pierde es la esperanza en que lo que suceda provocará una sonrisa. Da la sensación, leyendo a Moga, de que la inocencia es una virtud que se conservará siempre en Londres. Pero uno puede subirse a un pedestal o a unas escaleras para observar la ciudad. Moga no la visita en horizontal, a pie de calle, de modo que los árboles no le permitan ver el bosque. Moga quiere ver el bosque y para eso es preciso elevarse. De ahí que forme bajo sus pies un cierto empaque de conocimientos, de competencia, de orgullo se saberse una de las personas mejor preparadas para transmitirnos qué o quién es y ha sido, por los siglos de los siglos, Londres.

Fuente: Culturamas

CONSTANTINOPLA

Constantinopla
Julio Camba
Renacimiento
Sevilla, 2015
377 páginas

Esta obra, Constantinopla, debería ser la que inaugurara nuestras lecturas de Julio Camba (Vilanova de Arousa, 1884 – Madrid, 1962). Y no sólo por el orden cronológico, pues el grueso de las crónicas están escritas cuando Camba contaba con 22 o 23 años. Entonces ya era consciente de que su punto fuerte radicaba en prestar atención al detalle, a la anécdota y ser rápido en su registro crítico, sin amargura, con un humor nada cínico y que significara, también, una reflexión sobre el global de la realidad. A principios del siglo XX, Camba se instala en una Turquía inmersa en cambios políticos. La idea le encantó a Camba, dado que no podía por menos que identificarse con ese espíritu libertario que representaba la Revolución de los Jóvenes Turcos, un movimiento creativo y anarquista, romántico y libertario, al que se abrazaba Camba no sin ingenuidad. Pero sucede que la ingenuidad es siempre un valor literario. De hecho, en ese sentido estas breves crónicas son superiores a sus futuros relatos viajeros, menos inocentes y con un punto de azúcar que facilita el humor algo canalla.
Leyendo Constantinopla no dejamos de tropezar con los tópicos de otra época, lo cual es un viaje para el lector. Esa Constantinopla que nos va presentando de a poco, es cosmopolita pero no mestiza. Existe una buena convivencia entre culturas y religiones, incluso fraternidad por encima de los credos, pero no tropezamos con gente híbrida. Camba da con un lugar que se está europeizando, sin olvidar la magnificencia asiática. Comparada con la España rancia, Constantinopla es una ciudad donde se puede sentir la libertad pisando la calle. Aunque el parlamento turco es un auténtico desastre a la hora de intentar organizar esa libertad, y lo intenta mientras sobrevive un Sultán tiránico a quien ya nadie teme. Camba va entregándonos piezas del mosaico sin engañar, porque nada de lo que presencia engaña: todo el mundo le atiende sin rodeos y él escribe, por tanto, sin diatribas: sobre las reivindicaciones de las mujeres, sobre los cambios en la relación con Grecia, sobre el servicio de bomberos, sobre la Edad Media de la que se sale con humor pero sabiendo que lo que se vive en ese trance no es ninguna broma.
Camba cree en la buena fe de las autoridades, y confía en su buen hacer, imprescindible en una región que ha vivido la historia de los Balcanes. Esa que supone la confrontación constante, la guerra sin descanso, aunque en esos años esa guerra fuera mayormente comercial. Y como consecuencia de la situación, no puede dejar atrás el hambre que tantos padecen, algo que debería ser prioritario. Pero que pronto deja paso a lo que él necesita vivir como corresponsal, que es la identificación con la juventud, con sus problemas para resolver la mala herencia sociopolítica vinculada a la tradición. Camba advierte que las revoluciones no deben hacerse para conquistar el pasado, para imponer la narración propia. Y se preocupa por el futuro de los turcos, mostrándose como un escritor de gran sensibilidad, como un idealista.
El libro contiene una introducción a cargo de José Miguel González Soriano, quien reseña en extenso la biobibliografía de Julio Camba. Y también con algunos artículos que Camba fue escribiendo a lo largo de los años posteriores, porque nunca olvidó Constantinopla, ni la recordó con amargura o melancolía. Y, finalmente, con varias impresiones de un viaje a Perú, del relato de sus traslados en barco que cobran especial valor al contrastarlo con la inocencia de sus anteriores escritos. Aquí ya ha alcanzado la madurez irónica. Pero, repetimos, la ingenuidad es un valor literario.

Fuente: Culturamas