lunes, 22 de mayo de 2023

UNA VIDA POSIBLE

 Una vida posible

José Alejandro Adamuz

Menguantes

León, 2023

238 páginas




Lo que comienza con el aspecto de un libro de viajes en el que el autor va a presumir de un largo recorrido de dos años por América Latina, termina por ser una revisión de la melancolía. El verdadero asunto que provoca que José Alejandro Adamuz (Olesa de Montserrat, 1976) revisite sus apuntes de aquel viaje no es tanto mostrarnos de lo que somos capaces como rendir cuentas con la memoria. De hecho, Una vida posible es un libro escrito con el afán de asegurar la memoria, de garantizarse que todo aquello ocurrió. En ese sentido es un proyecto muy personal, pero que el autor quiere compartir porque no tiene sentido no intentar predicar que existen otras formas de vivir en un planeta en el que se elogia tanto el sentido común, que es una mera convención social a la que cabría calificar como hortera con demasiada frecuencia.

Empezaremos confiando en que se nos llenará el tiempo de lectura con anécdotas y estampas de viaje, y terminaremos comprobando que la desolación y el deleite pueden expresarse a la ver en un mismo rostro. Siempre hay un punto de celebración en la melancolía, que aquí pasa a un primer plano en ocasiones, como cuando se detiene a enumerar: «Niños que salen de la nada, mochileros con guitarra y ukelele a cuestas, taxistas a la caza de clientes, pedigüeños, borrachos, locos, familias que dejaron su casa, contrabandistas de artículos de primera necesidad que después venden en los mercadillos fronterizos, policías que se hacen los despistados, perras famélicas con las ubres arrastradas de tanto parir y amamantar camadas entre el polvo…». Y coexiste con esa memoria, y el lamento porque lo vivido sea memoria, una cierta sacralización del viaje que «abre los sentidos y el mundo se aprehende a través del cuerpo», que va abandonándose a medida que uno se adentra en estos párrafos. Adamuz sabe que a los melancólicos hay que escucharlos, pero no hacerles demasiado caso. De ahí que a medida que avancemos el libro pase a ser también de otros autores, en este caso unos viajeros por los que no podremos jamás dejar de sentir cariño: Pigafetta, Darwin, Humboldt, Chatwin, W.H. Hudson.

Sucede que este libro no sólo muestra el afán por caminar, sino también por leer. En ocasiones incluso por leer demasiado o, para ser más exactos, por mostrar demasiado que hemos leído. Lo cual, por otra parte, sigue siendo un estímulo para llevar a cabo una de las actividades más sencillas y satisfactorias que conocemos. Viajar, leer, vivir, todo ello para intentar dar un sentido a una existencia que tal vez no debería tenerla, que nos muestra la inutilidad constantemente y que Adamuz expresa con acierto en una pregunta: «¿Es esto la felicidad o hay que seguir aún más lejos?». Volvemos a la búsqueda de la felicidad, que es un tema muy vinculado a la memoria y a la melancolía, pues alguna vez hemos sido felices o recordamos haber sido felices.

Adamuz construye el libro en breves capítulos, en apuntes elaborados como se elabora un aforismo o un epigrama. Iniciamos el recorrido sintiendo envidia por ese proyecto que realizó alguien que acababa de abandonar su trabajo en la construcción, que tal vez sea el antónimo del viaje, pero terminamos dándonos cuenta de lo importante que es el respeto: Adamuz escribe no sólo para representar la memoria propia y decantar aquello que merece la pena de entre los recuerdos, sino como si la tierra, el mismísimo planeta, tuviera también memoria, guardara recuerdos de quienes habitaron sobre ella y la convirtieron en un lugar mejor, en un sitio acogedor, y por tanto allí donde morar se convierte en una acción que merece la pena experimentar.

 


 Fuente: Zenda

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