lunes, 13 de abril de 2026

LA LÍNEA DE SOMBRA

 

La línea de sombra

Joseph Conrad

Traducción de Marta Salís

Alba

Barcelona, 2026

162 páginas

 



Para Joseph Conrad la mayor virtud del hombre es la lealtad. Así lo hace ver en la nota de autor que acompaña a esta nueva edición de La línea de sombra, cuando habla del aprecio imperecedero hacia la tripulación que le acompañó en el viaje que dio pie a esta novela. Imperecedero quiere decir inmortal, pero en términos humanos, es decir, que no puede morir mientras uno viva. Lo que haya más allá de la muerte propia es asunto de otras meditaciones, no de las que afectan a Conrad, siempre dándole vueltas a lo que nos construye como seres que habitan este planeta y entre esta gente. Será esa parte de la gente que le acompañó veinte días al borde de una lenta y agonizante destrucción, los que generen en él aprecio, un afecto capaz de motivar la creación de esta obra maestra.

«Solo los jóvenes conocen momentos así. No me refiero a los muy jóvenes. No. Los muy jóvenes, en realidad, no tienen momentos. Vivir más allá de sus días, en esa maravillosa continuidad de la esperanza ajena a toda pausa e introspección, es el privilegio de la primera juventud». Así comienza esta obra en la cuidada traducción de Marta Salís. Sabremos que estamos frente a un narrador, trasunto del propio Conrad, que se dispone a abandonar la última parte de la juventud, esa que es más reflexiva, preparándose para entrar en lo otro, en lo que viene después. Es una etapa de cambio, pero esto no significa que suponga un avance en madurez. La cuestión a la que nos lleva el narrador es puramente emocional, y lo hará con la densidad de estilo tan propia de Conrad, ese polaco que aprendió a escribir guardando reverencias al inglés que fue su segundo idioma. Eso es lo que sucede en las etapas de cambio, que nos despellejan por dentro: «Y aún era demasiado joven, aún seguía en ese lado de la línea de sombra, par no sorprenderme ni indignarme ante algo así».

Conrad entiende al lector como si se tratara de un amigo que le está escuchando la narración, y a los amigos se les respeta, se respeta su inteligencia y su estado de ánimo. No debe contarse aquello que carece de valor, y el valor se mide por las posibilidades de transformación. En eso consiste el respeto de Conrad y de sus narradores. En este caso, nos habla de una etapa en la que hay que comenzar a tomar decisiones y esas decisiones se toman en serio. En primer lugar, porque todo sucede en el mar, en ese mar romántico, existencialista y en ocasiones con un punto gótico: «Un súbito arrebato de nerviosa impaciencia recorrió mis venas, y despertó en mí una sensación de intensidad de la existencia que no me había asaltado antes ni he vuelto a experimentar jamás. Descubrí hasta qué punto yo era marino, de corazón, de alma y, por decirlo así, físicamente: un hombre hecho únicamente para el mar y los barcos. El mar era el único mundo que importaba; y los barcos, la prueba de la hombría, del temperamento, del valor y la fidelidad… y del amor».

Y luego está todo esto que ya conocíamos acerca de La línea de sombra y que vuelve a intrigarnos cuando la leemos: la posibilidad del fantasma, que se hace real cuando devora a alguien importante a la hora de salir adelante; el contraste entre la calma y la más extrema inquietud; una tripulación sin apenas rostro en la vida del autor con la mayor capacidad de descripción que ha existido; y, por encima de todos, ese personaje, Ransome, ese héroe disfrazado de antihéroe, el guardián del secreto de la serenidad, una actitud a la que le obligan sus debilidades, pero que no cae enfermo. Todo este misterio regresa y, una vez más, nos aturde. Bienvenidos, de nuevo a una de las más grandes obras maestras de la literatura.

No hay comentarios:

Publicar un comentario