En
palabras sencillas
Richard
Ford
Traducción
de Damià Alou
Feltrinelli
Barcelona,
2026
127
páginas
Que
se añada el adjetivo político a cualquier actividad no tiene por qué ser tratado
como un tumor. En primer lugar, uno no debería asustarse. Y, en segundo lugar,
convendría aclarar a qué se refiere este adjetivo, coordinar una definición.
Política viene del griego politikós, que significa de los ciudadanos, y
a su vez deriva de la palabra pólis, que se traduce como ciudad, es
decir, el espacio común, todo lo que afecte a la vida que compartimos. En algún
momento de este ensayo, pensado como una conferencia, Richard Ford (Jackson, Mississippi,
1944) habla de política refiriéndose a la sensibilidad pública, si es que fuera
posible separarla de la sensibilidad privada: «La novela sería política solo si
el lector interiorizaba de manera inconsciente la máxima de Aristóteles de que
la vida pública es una extensión de la vida privada, y a continuación se
olvidaba de la política». De la pregunta que parte Ford es la de cuestionarse
si su obra, sobre todo sus novelas, son narraciones políticas.
Ford
no se asusta por la duda, porque sabe que no se trata de literatura que
pretenda actuar, afectar a la vida política, a la vida de los ciudadanos como
ciudadanos, pues los presupuestos de los que parte tienen que ver con la
condición humana y sus conflictos. Lo cual, expone, es la fuente de la que
beben los mejores novelistas. Pero sí quiere centrarse en resolver, si fuera
posible, esa cuestión, dado que la convivencia del ámbito literario y político,
su cooperación, beneficia al resultado de la obra. En caso de resolver esa
tensión con acierto, se conectará «de forma explícita y desgarradora la
historia con el destino de los individuos», en expresión que Ford utiliza para referirse
a Huéspedes de la nación, un relato de Frank O’Connor.
Para
explicar a lo que se refiere, Richard Ford recurre a lo vivido. Parte de momentos
autobiográficos, seleccionando aquellos que pudieron afectar más a su carrera
creativa, a sus principios literarios y a las modificaciones que estos han ido
sufriendo. Conoció la segregación racial, padeció una dislexia que le obligó a
ser un lector lento, y fue evolucionando en su idea de lo que debe ser una
narración, en su idea de lo que es literatura, en cómo debe construirse un
relato en el que poco a poco, inevitablemente, se van acumulando datos, hechos,
cosas, y nada es desdeñable de afectarnos. Ford sabe que es importante elegir bien
qué contar, y se rebela contra los tópicos: «Las convenciones intentan
contarnos cómo funciona normalmente el mundo. Pero los escritores de ficción,
como dice Frye, se esfuerzan por mantenerse imparciales en estos asuntos para
poder plantear libremente lo novedoso». A lo que cabe sumar lo que uno hace con
sus influencias, cómo las asimila y las traduce en obra personal.
Y
luego viene la tarea con el lenguaje, ese pico y pala al que se suma un sentido
placentero. Escribir una novela se gesta sobre la inquietud y se organiza de
forma creativa. Pero para Ford no conviene perder de vista que habrá un lector:
«las reglas las establece el escritor y pueden complacer al lector lo bastanteo
como para que las acepte, aunque no se las crea de verdad». Eso sí, el autor
debe poseer algo que desee insertar en la obra, y embutirlo en un contexto lógico,
que tenga sentido, aunque sea provisionalmente. Para Ford, la novela es una
forma de abordar el mundo, la suya, la que encuentra que justifica su vida, en
la que él es un escritor más, alguien que no se trata a sí mismo como ejemplo
universal y que viene a exponer aquí un parecer propio en palabras sencillas. «¿Acaso
la narrativa no ha de pretender siempre aumentar nuestra porción de realidad
disponible?». Esa frase, expuesta entre interrogaciones, resume la intención de
esta exposición de ideas de uno de los grandes novelistas vivos.
Fuente: Zenda
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