jueves, 3 de diciembre de 2020

NIRLIIT

 

Nirliit

Juliana Léveillé-Trudel

Traducción de Iballa López Hernández

Barrett

Sevilla, 2020

158 páginas

 


El sentido de la inmortalidad, o de su búsqueda, está en negarse a morir. Así de sencillo resulta explicar la costumbre de aferrarnos a unos kilos de carne y una cobertura de piel, que aterrizaron en este planeta por puro azar. En este mundo dividido todos somos diferentes y esas diferencias, las de raza o las de género, las de escalones generacionales, por ejemplo, no importan. Las que se imponen y nos destrozan son las diferencias económicas, las que han decidido crear los poderosos, los malvados. Entre ellas una neocolonización en tierras extremas, allí donde todavía se crean las leyes a golpe de sobrevivir por encima de los demás, que son leyes de la jungla, aunque, en este caso, se trate de las leyes del territorio del hielo. En el norte del planeta viven seres con una mirada distinta a la de los occidentales, gente que todavía conserva el concepto tribu en el que, por ejemplo, los niños son hijos de todo el pueblo. Se trata de un grupo de personas a las que se les arrebató su territorio y se les entregó una vida resuelta que consiste en botellas de alcohol, cabañas y coches. Mientras sus días carecen de utilidad, los exiliados de occidente, trabajadores que acuden al reclamo del falso oro que se extrae de la tierra, abusan de las mujeres e imponen un régimen de violencia.

A ese territorio aterriza la autora del libro, que se enfrenta a un cosmos dividido y la división es otra forma de violencia. Con afán de denunciar la violencia, todo tipo de violencia, Juliana Léveillé-Trudel (Montreal, 1985) escribe esta obra que es testimonio y es, a la vez, coral, una sucesión encadenada de los hechos de los que es testigo: una confrontación de costumbres que es mucho peor que la disonancia cultural, una exposición salvaje del racismo de estado o la xenofobia interior, una expresión de la marginación hacia las mujeres. No hay ganadores, pero los mayores perdedores del lugar, la comunidad inuit, si cae en excesos ilegales no se podrían considerar delincuencia, pues son respuesta a una opresión violenta, la que impone en peor paradigma creado por los occidentales, a quienes solo les interesa el beneficio desde sus despachos en los que controlan los mercados financieros.

Sobresalen, aquí y allá, en algunos momentos atisbos de belleza, que tienen que ver con el paraje y nos ofrecen consuelo ante la destrucción, ante la exposición de excesos. Entre la inhumanidad y la humanidad, entre esa tensión, se exploran los límites hasta el punto de ir creando una suerte de preguntas existencialistas en la mente del lector. En realidad, uno termina cerrando el libro y rememorando aquellas palabras con las que Albert Camus nos adentraba en El mito de Sísifo: “No hay mas que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio”.

 

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