viernes, 13 de marzo de 2026

MI VIAJE CON BYRON

 

Mi viaje con Byron

John William Polidori

Traducción de Javier Fernández Rubio

El Desvelo

Santander, 2026

174 páginas

 



La mayoría de nosotros necesitamos mover todo el cuerpo a la hora de expresar un sentimiento. Solo así conseguimos que los demás comprendan a qué nos referimos y lo importante que es aquello que estamos expresando. Solo unos pocos han aprendido a no gesticular, ni siquiera frotándose las manos, cuando se les viene a la cabeza un pensamiento malvado. Para conseguirlo hace falta toda una educación y mucho entrenamiento, pues la inercia natural es a ratificar lo que uno dice con los gestos más locuaces. Ahí está la cruz de las cejas, con todas las versiones de sus arrugas, para corroborarlo. Pues bien, John William Polidori (Londres, 1795 – 1821) consigue ser una de esas personas capaces de mantener siempre el pulso firme, los rasgos intactos, sea lo que sea lo que le sale al paso, sea la que sea la decisión que tome.

El Desvelo publica esta pieza, los diarios del viaje que emprendió junto a Lord Byron, atravesando Europa, en una edición muy cuidada, traduciendo la del crítico William Michael Rossetti (1829 – 1919), con un aparato de notas a pie de página que no conviene perderse, pues van enriqueciendo el texto y nos transportan a posibles relaciones e interpretaciones históricas y culturales.

Es inevitable estar atento, durante la lectura, a cualquier referencia que nos vuelva a hablar de la relación de Polidori con Byron, o con Shelley o con cualquier otra persona de ese círculo, así como indagar acerca de qué es lo que pudo llevarle a idear al vampiro romántico. Pero esa historia ya se ha contado muchas veces, y aunque en el diario se asome en algún momento, de lo que se trata, sobre todo, es de dibujar un autorretrato involuntario. A lo que Polidori atiende es a reseñar qué es lo que le afecta, pero no descalabra su compostura, y a dejarnos intuir cómo le afecta. Estamos frente a un autor de corte sensitivo, un tipo que busca la belleza y que trata de trasladar al texto qué momentos definen esa belleza, que le llega, mayormente, a través de la vista. Esa es su intención, pero no su constante vital. Porque a medida que avanza, atravesando Europa, a lo que presta atención es a lo diferente, a lo que ve por primera vez, a lo que sospecha que no existe en el lugar de donde procede, en un Londres limpio y un tanto aristocrático. Y por momentos se encuentra con una pobreza que le es ajena y que ve con más espíritu de retratista que empatía. Porque con lo que se identifica es con aquello que llamamos alta cultura, con el arte, que será lo que sí busque a intención.

Hasta que llega a las ciudades italianas, donde sí comienzan las interacciones con otras personas, donde pasa a ser actor además de espectador, hasta el punto de darse una situación con un conato de duelo. De modo que el Polidori que se muestra en estos diarios no es un ser ajeno al mundo, sino que participa de él, y será esa participación la que podamos leer como algo tangencial a la creación de su vampiro romántico, aunque aquí destaca más el adjetivo, romántico, que el sustantivo, vampiro.

El diario se lee a buena velocidad, una con la que nos sorprende el autor, pues contrasta con el ritmo pausado al que debió tener lugar el desplazamiento. Para los amantes de aquel encuentro del que surgieron algunos de los monstruos clásicos, para los amantes de las atmósferas de época, este libro resultará delicioso. Los demás, disfrutaremos de conocer mejor a una de esas personas que tanto contribuyeron, posiblemente sin darse cuenta, a crear una mitología contemporánea. Y esa inmersión merece la pena.

miércoles, 11 de marzo de 2026

EL MENSAJE

 

El mensaje

Ta-Nehisi Coates

Traducción de Paula Zumalacárregui

Capitán Swing

Madrid, 2026

159 páginas

 

 


Siguiendo la estela de autores como James Baldwin o Angela Davis, Ta-Nehisi Coates (Baltimore, 1975) elabora su proyecto literario con una clara intención política: «Pero soy escritor y abanderado. Soy escritor y representante». Preocupado por lo que le atormenta y por qué le atormenta, así como por el sonido y el ritmo de las palabras, sabe que el trabajo de un escritor que pretende dar voz a quien no la tiene, herederos de quienes no la han tenido, es el de esclarecer. No pretende deslumbrar, sino encontrar y transmitir las explicaciones, y oponerse a los embusteros. El mensaje nace bajo el auspicio de unos encuentros con alumnos de periodismo a los que habla en términos literarios, planteando que todos los recursos narrativos y estilísticos están en función de la necesidad, de la historia tormentosa, de afectar al lector con la importancia de lo que nos estamos jugando. Coates es un activista, como lo eran Baldwin y Davis, y, además, nos demuestra en la transcripción de estos tres viajes, un autor de garantías, con potencia, con sobriedad, con recursos. Procede, confiesa él, de una estirpe de escritores autodidactas que sintieron que alguna verdad se les imponía y creyeron su deber atestiguarla.

El primero de los viajes le lleva a Dakar, el puerto desde el que salieron tantísimos barcos cargados de esclavos, de los que desciende él. Es una estancia breve, pero en la que va tomando conciencia de dónde procede y desde donde llegaron los que sufrieron la injusticia de la esclavitud. Hay un trasfondo de inseguridad en su relato, que proviene del hecho de mostrarse como un ser sensible, como alguien que ha ido allí para sentir el lugar y para sentir a la gente. Y después de visitar los lugares principales y encontrarse con el tipo de gente con el que se encuentra el viajero, terminar por hallar al tipo de gente que le enamora, activistas que luchan contra la corrupción del Estado o ahondan en la homofobia.

El segundo viaje le lleva a Carolina del Sur, donde defenderá su posición antirracista en un lugar donde se dieron las leyes más terribles contra ciertas razas. Mientras tanto, nos habla de su educación, formal o no, defendiendo que esta debe de producirse mediante el asombro y no utilizando la fuerza. Y enuncia los principios sobre los que se centra su proyecto como escritor, que tienen que ver con utilizar la palabra contra cualquier movimiento opresor, defender valores éticos que considera absolutos, como los defendía bell hooks, que es otro de sus referentes.

Finalmente, Coates llega a Israel cargado de unos principios intensos acerca del sufrimiento del pueblo judío y una necesidad que hay que reparar, pues con la redención no basta. Todo esto está muy bien, pero se da de bruces con la perpetración salvaje de otra injusticia, esta vez sobre el pueblo palestino: «se me ocurrió que seguía habiendo un sitio en el planeta —bajo patrocinio estadounidense— que se parecía al mundo en el que habían nacido mis padres». Su alegato será contra el colonialismo, su conversación con todos los que le salen al paso, en la que destacan los arrepentidos; su investigación se centrará, al margen de en lo vivido, en el relato que ha ido amparando al sionismo, y sobre éste lanza palabras enérgicas, pero el punto justo de cordialidad como para pensar que no le faltan razones: «Quiero deciros que vuestra opresión no va a salvaros, que ser víctima no os iluminará, que pude engañaros igual de fácilmente (…). Así pues, esta es otra historia sobre la escritura, el poder, los ajustes de cuentas; una historia no de redención, sino de reparación». Coates da una lección de periodismo y literatura a un grupo de alumnos, y una lección de defensa del que padece la injusticia a cualquier lector que se acerque, que ojalá sean muchos.


Fuente: Zenda

domingo, 8 de marzo de 2026

LA FOSA ABIERTA

 

La fosa abierta

Brigitte Vasallo

Anagrama

Barcelona, 2026

310 páginas

 



Si la vida tiene mucho de conflicto, también vivir nos ofrece algo con lo que compensar ese daño, y ese algo son las lealtades. Uno es leal a lo que sabe que es bueno, aunque el conocimiento de lo bueno se modifique a medida que comprueba como los actos afectan a las personas. Uno es leal a sus amigos y puede ser leal hasta a su linaje, que es algo que no tendría por qué perjudicar a nadie. Pero es posible que uno sea leal, para siempre, a sus inquietudes, eso que está tan ligado a las pasiones, a los enamoramientos. Esta obra contiene mucho de las lealtades de Brigitte Vasallo (Barcelona, 1973), expresada a través de un intento por explicar lo que supone para ella ser txarnega «desde un lugar que no tenga que ver con la tierra, sino con la emigración», le dirá una amiga. Hay que eliminar todo lo peyorativo que puede contener el término txarnego, para buscar algo más parecido a un asunto de familia, a una identidad familiar.

La piedra que arroja Vasallo al estanque es el intento de contactar con un aristócrata francés, al que atendió su madre como empleada doméstica. La pregunta consecuente, la que se repite en cada mensaje que envía, sin expresarla, es ¿por qué éramos pobres? Ser txarnego, ser pobre. Hablar de los emigrantes, de los campesinos, de los perdedores, y de sus contrarios: «Los que hacen la revolución en la asamblea y después maltratan al camarero. Esos eran, y son aún, los caciques». Y una comparación entre esa emigración y la que ella puede celebrar en propia persona, pues parte de este ensayo está escrito en Roma, donde la autora disfrutó de una beca. En el primer caso, el de los emigrantes, la necesidad era económica; en el suyo será la de establecer distancia, intentar mirar al pasado como se mira a un paisaje.

El espíritu de Vasallo, su inquietud, la llevará a tocar todos los palos, a saltos, transmitiéndonos una aparente actitud nerviosa, pero sabiendo muy bien a dónde quiere llegar, cuáles son sus reivindicaciones, cuáles son las buenas causas. De hecho, va desplegando capítulos cortos entregándonos la impresión de que estamos frente a una autora que es intelectual, a pesar de no querer serlo, de no identificarse con los intelectuales, sino con los emigrantes y los hijos de emigrantes, esos que no saben en qué agua nadar, esos que podrían estar viviendo una vida fragmentada. A la pregunta constante que es de dónde venimos, ofrece la alternativa de quiénes somos, con lo cual nos quedamos en la duda, en la impresión de que la identidad no es algo estable. Así pues, el texto orbita entorno a los temas, sin llegar a otra conclusión que no sea la de declarar su memoria, que es propia y es, al mismo tiempo, plural. Nos hablará de su experiencia y de la de su familia, y también de la historia de los perdedores, esos para los que cada paso es también una forja de la identidad propia y plural.

Vasallo nos demuestra que para aprender hay que tener voluntad. Ha escrito un ensayo vehemente, ocurrente, propio de alguien que sabe que en este mundo hace falta mucha rebeldía y que una demostración de rebeldía es la indisciplina social, porque la disciplina social solo sirve para cortar alas, para colgar bolas de preso en los tobillos.

jueves, 5 de marzo de 2026

GEOGRAFÍA ESCRITA

 

Geografía escrita

Álex Chico

Candaya

Barcelona, 2026

292 páginas

 



Todo comienza, y todo va a seguir sin resolverse, con el mito que supone intentar separar al turista del viajero. La definición ha ido cambiando, pero uno se siente tentado a decir que ante una figura como Marco Polo, todos somos turistas. Tal vez turistas sofisticados, en régimen de viaje barato, casual, pero turistas, al fin y al cabo. Aunque si la diferencia está en los sentimientos, es posible que el viajero sea aquel que cuando regresa prefiere que la gente piense que ha estado tocando el piano en un burdel antes que recorriendo el mundo. Relatar el viaje supone reconocer errores. Pero los errores son algo muy personal, como también son personales las causas que uno defiende. De lo que se trata es de no confundir la sensación de que te perforaba el estómago aquella comida en un mercado de Bombay con una crisis económica mundial. Viajar implica hacerte pequeño, no dar lecciones a nadie, y una cierta conciencia de antihéroe que no te va a permitir presumir ni del viaje ni de la conciencia. Viajar debería ser lo más parecido a desaparecer que pudiéramos lograr sin saltar al otro lado de la tumba. En el viaje ni siquiera va uno a administrar la derrota, así pues, lo que no hace el viajero es considerar su desplazamiento como una victoria. Para hablar de lo que sabe, piensa el viajero, ya habrá tiempo, porque recorrer mundo supone no terminar nunca un doctorado.

Estas reflexiones vienen a cuento de la lectura de Geografía escrita, la recopilación de artículos de Álex Chico (Plasencia, 1980) que con acierto publica Candaya. Chico parece muy consciente de cuál es la posición del viajero, la de la persona que desearía desaparecer, no estar presente, pero no dejar de caminar por un planeta que tiene tantísimas cosas buenas que ofrecer. Se llama aprendizaje, espíritu de aprendizaje, y Chico hace una buena demostración de en qué consiste, sin dejar de atender a sus puntos fuertes como lector de literatura y de parajes: es una personalidad inquieta. «Los nexos entre lo que está fuera y lo que permanece dentro», es el leitmotiv del autor, que va descubriendo despacito lo que es, lo que va siendo y lo que habría podido ser de haber girado por la calle anterior. Reflexivo, sensato, con el punto justo de presunción para no imponer sus pareceres, que quedarán flotando como dudas, Chico va construyendo un mundo particular en el que lo importante es que todo esté bien escrito, y con ello no nos referimos solo al texto en sí: ojalá todo esto tenga sentido.

Cuando pasa por Tánger recuerda las palabras de Eduardo Jordá (otro gran viajero y mejor escritor): «patria moral que se han buscado todos aquellos que jamás podrán tener una patria», antes de calificar a la ciudad como el lugar donde desearía encontrarse. Ese lugar es, en cada capítulo, el lugar donde se encuentra —La Paz, Berlín, Lisboa, su natal Plasencia—. En el capítulo dedicado a Lisboa comienza diciendo: «Cualquier escritura corre este riesgo: el de no acceder al objeto que designa, porque es imposible captar la avasalladora plenitud del otro». De eso se trata. A la hora de reflejar el viaje uno debe ser consciente de sus limitaciones y de las limitaciones del lenguaje. Así es como Chico construye este yo desde el que nos habla, un yo que necesita para recordar que ha viajado, aunque es, por otra parte, alguien con el que debatir si uno no debería desprenderse de él a la hora de retratar el viaje. Por todas estas ideas que brotan durante la lectura, Geografía escrita es un libro que se merece la mejor de las suertes.

miércoles, 4 de marzo de 2026

¿QUÉ BUSCAS, LOBO?

 

¿Qué buscas, lobo?

Eva Viežnaviec

Traducción de Andréi Kozinets

Gatopardo

Barcelona, 2026

169 páginas

 



Lo primero es el alcohol y el porqué del alcohol. El personaje que nos presenta de inicio Eva Viežnaviec (seudónimo literario de Sviatlana Kurs, Minsk, 1972) es a una mujer alcohólica, en un grado que la lleva a tener problemas para la integración social, y lo primero que nos preguntamos, nada más empezar la lectura de este impactante libro, ¿Qué buscas, lobo?, es a qué se debe tanta necesidad de alcohol. Ryna, la protagonista, sin querer, de la historia de su aldea, regresa varios años después de una emigración que a medida que avancemos en la lectura nos daremos cuenta de que es un exilio que se impone a sí misma. Pero ni el alcohol, ni el exilio, ni los años han conseguido curar la gran herida que supuso la vida de la aldea. Enseguida nos daremos cuenta de la tristeza incómoda del lugar, y poco a poco iremos conociendo la violencia que allí se ha sufrido durante un largo periodo del siglo XX.

Comenzamos en una época en la que apenas había medios de comunicación, en la que las cartas tardaban semanas en llegar, lo cual permite hacer verosímil este lugar, que Viežnaviec reproduce tras una atenta investigación. Es un microcosmos, una aldea aislada, como lo era Comala o Macondo, solo que este lugar ha existido. Viežnaviec trabaja sobre algo tan real como es la memoria de quienes allí habitaron, para retroceder en el tiempo junto a Ryna. Lo que consigue es un efecto de ficción, de crónica inventada, pero lo que nos aturde es saber que se trata de un testimonio. Otro autor se habría valido de este material para escribir una saga familiar o un voluminoso libro plural, pero Viežnaviec reduce todo lo que ha obtenido a lo que impresiona. Ni siquiera hay adjetivos. Narra sin recursos estilísticos, porque el estilo se pega a lo importante como la piel a los huesos del cráneo. Hay que sobrevivir a tiempos de sangre, de plomo, a las guerras y a las entreguerras, a los pogromos y a las revoluciones. Estamos rodeados por el bosque, que es la marca de la frontera, y así protegemos nuestras costumbres, nuestros prejuicios, pero corremos el riesgo de quedarnos sin aire cada vez que entre una nueva violencia. De hecho, el lugar tiene mucho de los entornos clásicos de los cuentos de hadas que vinieron del Este, pero aquí se ha sustituido cualquier posible magia por un realismo de lo más crudo.

Contamos con el apoyo de seres marginados, entre los que destaca la abuela de Ryna, la curandera, que no debe hacerse notar porque ya pesa demasiado su fama. Todos ellos son seres que ven como su vida se decide desde otro lugar, más allá del bosque, donde están los poderosos. A ellos apenas les queda otra certeza que no sean las viejas supersticiones. Ni siquiera la memoria es un buen refugio, como nos damos cuenta cada vez que Ryna recurre a ella y se encuentra, por ejemplo, con un padre sanguinario o con la trágica ausencia de una madre, pues quedó huérfana desde muy joven. ¿Qué pasa, lobo? es un viaje a los que sufren el efecto de lo miserable. El efecto es de lo más desconcertante, porque uno se da cuenta de que está leyendo algo con forma de apuntes —subcapítulos cortos, toques de atención, miradas breves hacia uno y otro lugar— y, sin embargo, sale de la obra con la impresión de haber estado tratando con alguien que tiene un conocimiento profundo, y ese conocimiento es contagioso. Y es que esta obra contiene, sobre todo, un fuerte impulso vital.

 

Fuente: Zenda